Clara

De pequeña lo que más recuerdo es había muchas, muchas cosas que me daban miedo.

Me daba pavor que me obligarán a comer en el comedor. Me daba miedo ir de colonias. Me daban miedo algunos profesores (la mayoría) y los niñ@s más ‘fuertes’ que yo. Los petardos. Las clases de natación.

En algunos momentos el miedo era directamente pánico que somatizaba de diferentes maneras, y me ponía enferma, o vomitaba, o dejaba de comer o… yo que sé, hablad con mis padres que se acuerdan bien :p De hecho, yo también me acuerdo pero prefiero no listarlo aquí porque de tan repetitivo es aburrido.

Hasta hacía siempre los deberes por el simple miedo a que me regañaran por no haberlos hecho.

Era el modelo de ‘buena niña’ por antonomasia. Muchas cosas las hacía por principios; otras, por simple miedo a romper las reglas.

También fui siempre muy cuidadosa y afectuosa con los demás. No soportaba las injusticias y me acercaba a las personas que yo sentía que necesitaban ser cuidadas (esa era mi percepción, que fuera totalmente cierto o no es otra historia).

Era muy soñadora. Mis sueños y mi idealismo me hicieron sobrellevar y superar muchos momentos duros, y lo siguen haciendo. Ahora entiendo como entre sueños, ideales, y principios, empecé a construir la persona que soy hoy.

Y, como nadie entendía que las cosas me pudieran afectar tanto (y no los culpo), nadie me protegía como yo necesitaba. Crecí con una tremenda sensación de vulnerabilidad y desolación, de estar sola y desprotegida en este mundo, un mundo en el que tantas cosas me podían hacer daño de las cuales yo no era capaz de protegerme… y los adultos que tenía al lado tampoco lo hacían, por el mero hecho de que no se percataban de como yo percibía el mundo. De hecho, mis padres, los profesores, etc. a menudo empeoraban las cosas – obligándome a que yo me enfrontara a situaciones para las que yo no estaba preparada, lo que no mejoraba las cosas. En mi caso (y supongo que muchos os veréis reflejados), las empeoraba.

Además, yo no era una niña tímida (al contrario que otras PAS). Era risueña, alegre, sociable, sacaba buenas notas (independientemente de mi estado anímico)… y creo que ese carácter, sin yo hacerlo a propósito porque es algo que me viene ‘de serie’, disimulaba muy bien lo que llevaba por dentro.

Tal vez por todo esto, por la puñetera sensación de vulnerabilidad que me acompañaba a todas partes, si me hubieran preguntado a los 15 años lo que ‘quería ser de mayor’ hubiera contestado que, por encima de todo, quería ser ‘fuerte, independiente y autosuficiente’. Estaba tan harta de sentirme pequeña todo el tiempo, de sentirme frágil (porque me comparaba inadecuadamente con los demás), de sentirme abrumada… que lo tenía grabado en piedra “Un día, serás fuerte y ya nada me afectará”. Sí, esa era la falsa idea de fortaleza que yo tenía: ‘un día nada te afectará’ (tan, tan distinta de la que tengo ahora:)

Y a partir de ahí, durante varios años (unos 15, de hecho) convertí mi vida en una lucha por ese ‘ideal’. No sólo luchaba por solucionar los problemas que ya tenía, sinó que me ponía nuevos retos para irme demostrando a mi misma que ‘yo podía’. Superé muchas, muchas cosas con una tenacidad casi de hierro (que me enorgullecía, y que ahora considero que era pura terquedad), pero siempre andaba exhausta por mejorar, por ‘arreglarme’, por ser más ‘fuerte’ y más ‘valiente’. Siempre andaba metida en algún tipo de odisea o prueba personal… por acercarme a un ideal que yo había fabricado, en parte porque pensaba que era ‘lo que se esperaba de mí’, en parte por sí, por dejar de sentirme ‘vulnerable’.

Pongo todas estas palabras entre comillas… “fragilidad”, “debilidad”, “fortaleza”, “valentía”, “independencia” porque la idea que en aquel momento tenía de ellas, no es para nada la que tengo ahora. Me juzgaba a mi misma con unos valores y baremos muy sesgados.

Paralelamente, a los 24 años, después de una época muy dura, empecé terapia con una psicóloga que solía decirme que ‘tenía la cabeza muy bien amueblada pero una sensibilidad explosiva’. Recuerdo que un día me dijo “Lo que tienes con tu inteligencia y tu sensibilidad, es como tener un Ferrari y no saberlo conducir”.

Y bueno… ‘aprendí a conducir’, supuestamente. Aquella terapia, y toda la gente de mi alrededor, que en aquel momento era muy analítica y más bien ‘racional’ (emocionalidad y racionalidad no están reñidas… con ambas, se consigue una sensatez que es bellísima; pero me refiero a un perfil más ligado a la lógica, al pensamiento, que a la emoción), me dieron unas herramientas increíbles para ‘poner en orden’ mi mundo emocional. Pero, perdí parte de mí en aquel proceso. Encontré un (falso) equilibrio que había anhelado siempre, y una capacidad tremenda (al menos para mí) de reaccionar ante momentos duros sin dejarme llevar sobremanera por miedos ni paralizarme; pero aquel ‘equilibrio’ no era real. Las cosas no fluían, todo estaba ‘bajo control’. Era una bomba de relojería que iba a estallar en un momento u otro… porque estaba parcheando y negando partes de mí. (Y sí, estalló… por todas partes).

También me enfadaba con mi cuerpo cuando acababa hecha polvo tras largas jornadas laborales que otros parecían sobrellevar sin demasiados problemas. Veía que yo no podía como los demás y pensaba que era una cuestión de ‘voluntad’ (cosa que nunca me ha faltado). No entendía qué me pasaba, pero solía decirme a mi misma: ‘será que no me esfuerzo lo suficiente’ (ahora veo que el problema era justo lo contrario: que me esforzaba demasiado por encajar en trabajos que no eran para mí). Y a cada problema de salud que llegaba a mi cuerpo, en vez de intentar relajarme y cuidar de mí, me cabreaba. Muchísimo. Y me esforzaba todavía más y luchaba todavía más.

Vaya, que vivía en una lucha continua. Era agotador.

Hace cuatro años, empezaron a pasarme cosas, una detrás de otra, que me pusieron delante de mis mayores miedos. Fue al principio de esa época cuando descubrí la alta sensibilidad. Dicen que el maestro llega cuando el discípulo está preparado… Sea así o no, lo cierto es que vida tal y como la conocía se fue viniendo abajo, como una pieza de dominó tras de otra. Y mientras mi antigua vida ‘se desmoronaba’, y se me iban cayendo esquemas e iban desapareciendo referentes, no me quedó más remedio que tomarme a mi misma como mi propio referente. En cada una de las cosas que viví, lo que me acabó ‘salvando’ fueron mis fortalezas, mis tesoros, mis legítimas rarezas o como quieras llamarlo. La mayoría, tienen que ver con mi alta sensibilidad, con esa parte de mí que yo pensaba que me hacía ‘frágil’. Resulta que, en gran parte, es lo que me hace fuerte. Y sobre todo, es parte de lo que me hace yo.

La alta sensibilidad no es nada que ‘arreglar’. Si un caso es algo que conocer, entender, respetar, cuidar, regular, ‘gestionar’ hasta cierto punto (la verdad es que le tengo terror a la palabra ‘gestionar’ porque es la que utilicé muchos años, cuando estaba mecanizando mis emociones en vez de regularlas). La alta sensibilidad, per se, es un rasgo, neutro. Pero cuando la pones de tu favor, sí, se puede convertir en un don increíble. Y si no la respetas, si te fuerzas… sí, puede ser muy duro. Sentir la vida de esta manera es algo alucinante cuando los momentos de dolor están teñidos de esperanza, y cuando los momentos de entusiasmo no te sobreactivan el sistema nervioso hasta el punto de quedarte descolocado. Sí, se puede ser muy feliz con alta sensibilidad y se pueden aportar cosas MARAVILLOSAS a este mundo desde tu naturaleza altamente sensible.

Cada cosa que me ha pasado estos últimos años, me ha ido llevando al fondo de mi misma. Y a la vez, a salir de mi misma. A reescribir la historia de mi vida, la historia que yo me contaba a mi misma. A verlo todo desde un punto de vista más impersonal, más objetivo.

Y por fin, dejé de luchar. Y empecé a vivir.

Y así, llegué hasta aquí.

Esta soy yo ahora 😉 Libre 🙂

Un fuerte abrazo,

6 comentarios en “Clara

  1. Que bonic tot el procés que expliques… molts ens hi sentirem identificats i quant!! les pors, les inseguretats, els esforços per controlar…la malaltia que ens posa a lloc i ens mostra que el camí no és la negació de les nostres especials habilitats, si no el respecte i l’amor cap a un mateix. I que engrescador veure com una noia jove com tu arriba a viure alta sensibilitat com el que és,
    un tret meravellós. Una abraçada

  2. Me siento muy identificada con lo que cuentas Clara. Con todas esas sensaciones por las que nos “toca pasar” de pequeños. Con esa sensación de no encajar y sentirte mal por ello. Que todo me sobrepasase y que me obligase a “disimular ante mi misma” porque pensaba que era débil. Y como tú dices, la alta sensibilidad,bien manejada, puede ser un regalo.
    Un abrazo Clara! Gracias por este blog!

    1. ¡Hola Maria Eugenia!
      ¡Exacto! “Disimular ante mi misma” me parece que lo explica genial. Es justo lo que solía hacer yo también.
      Sí, puede ser un gran regalo 🙂
      ¡Un fuerte abrazo!

  3. Si supieras cuanto me identifico contigo…podrían ser mis propias palabras, de mi niñez, adolescencia, …podría haberlas escrito yo misma.Esas emociones a flor de piel, esos tropezones en la vida, ese considerarme “demasiado ingenua, tonta…”, esa pelea constante conmigo misma por espabilarme,creyendo a los demás más hábiles ante la vida, tantas tristezas… y… por otro lado, esa capacidad de empatizar con los demás y los momentos mágicos que he vivido por ello… , esos afectos entrañables, esos intensos momentos de vibrar con la música, con un encuentro, con una pintura, con un ser humano, con un paisaje…Hace 1 año, por casualidad, descubrí que soy PAS, y ahora estoy en el proceso de entenderme a mi misma bajo esta nueva concepción, todavía algo desorientada dando pasitos… Nada es por casualidad. En este momento, después de un intenso sufrimiento los 3 últimos años, en los que todo a mi alrededor se ha derrumbado,en los que he llegado a pensar que “sólo estaba capacitada para tratar con buenas personas, y no con las personas de malos sentimientos”…como si fuera una persona incapaz…..descubrir mi condición de PAS me está ayudando mucho. A entenderme, a sorprenderme de mi misma y…a respetarme y valorarme. Y descubrir que hay personas PAS, muchas más de las que podía imaginar, …está resultando una fuente de alegría, de esperanza…Todas personas PAS me haceis sentir que formamos parte de una especie de… Hermandad… de seres especiales, muchísimas veces sufrientes, pero seres…diferentes…que juntos podemos arrojar una luz. en primer lugar, a nosotros mismos, después, a lo que/los que nos rodean, y, quien sabe si más allá. Gracias

    1. ¡Hola María José! ¡Perdona, me despisté y no contesté al mensaje!
      Sí, lo has descrito muy bien… el dolor, la magia, el sentirse menos válido… Siento que hayas pasado por ese sufrimiento estos últimos años, es muy duro cuando todo se derrumba. Y me alegro de que estés descubriendo ese valor, ese respeto. Creo que es muy difícil volver atrás cuando empiezas a conectar con eso.
      De todas formas, yo no creo que las personas PAS seamos ‘especiales’. Yo creo que tenemos un rasgo de la personalidad (con origen en el sistema nervioso) que nos hace tener ciertas características y formas de estar en este mundo. Y que en conocerse, respetarse, como dices… para poder vivir desde quien eres, integrado en el mundo, está la clave de muchas cosas. Pero creo que la calidad humana de las personas es independiente de ser PAS o no. Hay gente muy bella en este mundo, sean PAS, no PAS o como sean.
      Un fuerte abrazo,
      Clara

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